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No admite mucha discusión que Sergio Ramos es un futbolista único. Inevitable (e incuestionable) adosar esa etiqueta a un deportista que lleva quince temporadas en el máximo nivel y que ha ganado, entre su club y el equipo nacional, 24 títulos. Más aún cuando constatamos que en todos ellos y durante toda su carrera ha sido siempre importante, un primer espada que no se deja superar por la competencia interna. Lo era con 19 años y lo es camino de los 34. En el Real Madrid y en la Selección Española. Casi nada. Tiene entre ceja y ceja que va a superar las 200 escarapelas con España y no seré yo quien dude de que lo va a lograr, aunque se tenga que ir más allá de la Copa del Mundo Catar 2022.

Pero vamos con un pero. Un pero que alimenta las ganas de escribir y compartir con vosotros este texto. Como aficionado al fútbol y crítico moderado en los ratos libres, en este momento de su trayectoria, en esta etapa de su carrera, la figura de Sergio Ramos me ofrece alguna que otra contradicción. Ha aumentado exponencialmente el volumen de errores individuales durante los partidos, en ocasiones errores groseros y en otras pifias meramente anecdóticas. Por ese lado pueden asomar dudas sobre su condición de indiscutible. Pero luego observo con atención los días en los que Sergio no está y es evidente que sus equipos echan de menos su jerarquía.

Le sobra carácter y personalidad. Se abraza a la palabra liderazgo en toda su extensión. Se cuida al extremo, físicamente es una máquina casi perfecta. Tiene hambre a pesar de los banquetes pantagruélicos que ha disfrutado en los últimos años. Honestamente no sé si hoy por hoy hay otro central mejor en el fútbol español. Y ahora quizá lo más importante: ha sido esencial dentro y fuera del campo para todos los entrenadores que ha tenido desde 2004, desde Joaquín Caparrós hasta Zinedine Zidane o Robert Moreno. Así lo demuestran con hechos y alineaciones y así lo confiesan delante del micrófono cada vez que son cuestionados por el capitán.

Llegará un momento en el que la transición será complicada. Ese día en el que a Ramos, como a muchos otros deportistas de élite, les cueste asumir que ya no están para ser lo que ha sido durante las últimas dos décadas de su vida. Pero creo que ese momento aún no ha llegado, y que incluso se encuentra más lejos de lo que la naturaleza podría sugerir. Así que sigo golpeándome contra el invisible muro de las paradojas en torno a la situación de Sergio. Lo veo con alguna costura, alejado de su mejor versión, con fallos impropios de un central de su oficio. Pero la realidad es que cuando no actúa, la línea de su defensa da cinco pasos atrás y los descosidos colectivos restan más que sus propios errores puntuales.

Terminamos como empezamos. No admite mucha discusión que Sergio Ramos es una leyenda. Y que quiere hacer historia. No parece que su ambición lo vaya a detener en sus anhelos de dejar escrita una página difícil de superar. Este tío acaba también enterrando las contradicciones ajenas.

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