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“Es verdad que los aficionados no pueden entrar al estadio, pero por lo demás todo está saliendo perfecto”. Esta frase, escuchada hace poco en alguna tertulia, es curiosa. Es como asistir a una boda y afirmar, mientras saboreas una copa de vino y le hincas el diente a un trozo de jamón ibérico, que el bodorrio está cojonudo, con la única salvedad de que no se ha presentado la novia.

Sería de necios no reconocer el esfuerzo de la Liga y del resto de organismos implicados para reactivar el fútbol y el baloncesto. Hace algunas semanas escuché a Sergio Llull una reflexión que me hizo pensar. Fue uno de los pocos jugadores de basket que desde el principio abogó por la vuelta de la competición, y lo hizo argumentando que ver deporte supondría aliviar el sufrimiento y las penurias de la ciudadanía en estos momentos tan difíciles. Me parece una exposición muy interesante y estoy de acuerdo con ella. El deporte es ocio y en concreto el fútbol es la actividad vinculada al entretenimiento más seguida en España. Su vuelta es una buena noticia, también por los empleos directa o indirectamente vinculados a él. La obligación de Javier Tebas, de los clubes y del Consejo Superior de Deportes era trabajar con denuedo en varios escenarios para activar el regreso, como así ha sido finalmente.

Pero de ahí a convertir a Tebas en un héroe dista un abismo. Tebas, como todo lo que ha hecho desde que ganó mucho dinero gracias a las podridas tuberías del fútbol, hace esto por él y por su negocio. Los hinchas de estadio son la última mierda que queda a la derecha de la última mierda. Pero no ahora que la pandemia ha devorado nuestras rutinas y normalidades, sino desde el principio de los tiempos. El nuevo fútbol es una nueva oportunidad para desterrar la escasa pureza que aún resta ajena al propio juego en sí. Se imponen los sonidos de grada enlatados, que son capaces de obrar el insólito milagro de que San Mamés grite con entusiasmo uy tras una ocasión del Atlético de Madrid. Mandan los muñequitos de computadora sentados en las butacas vacías. Se limita el número de fotógrafos que cubren los partidos y ahí ningún corbata habla de cuotas de autónomo o empleos perdidos. Tampoco cuando numerosas radios locales no tienen acceso a recintos que sí algo aseguran es la distancia social. Hasta se censura el micrófono que las radios ubican en los estadios para compartir con el público el ambiente, es decir, la realidad. Crece sin control la obsesión de mostrar lo que no es. Y de echar o alejar a los trabajadores que cuentan la realidad como es a través de una pregunta, un micro o un objetivo fotográfico.

Al aficionado, que le den. Si lo puede ver, que pague y lo vea como yo se lo pongo. Si solo lo puede escuchar, que lo escuche como yo se lo preparo. Eso sí, es curioso cómo una organización que lo tiene todo controlado permite, que en el momento de escribir estas líneas, haya clubes del fútbol profesional que han capado cualquier vía de comunicación con sus clientes y ni siquiera les ha transmitido cómo y cuándo recuperar la parte proporcional del dinero de su abono. Eso no interesa. Que se jodan y, si puede ser, que no incordien mucho. Bienvenidos al nuevo fútbol.

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