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de todas las cosas que uno imagina como improbables en el catálogo de su vida futura, no asomaba ni remotamente la idea de padecer un fútbol con mascarilla en el Estadio de Vallecas. Pero el camino coloca pedruscos en medio de la senda, y los que seguimos en este planeta hemos de esquivarlos sí o también. Impacta, eso sí. Hasta el pasado sábado había contemplado toda la gama cromática de Vallekanfield. Desde el negro más intenso, cuando el estadio tiembla y ruge hasta invadir tus entrañas, hasta el blanco nuclear de partidos sin animación en los que el sentido del olor (puros) le ganaba al del oído (silencio). Lo de ahora, este fútbol pandémico, es otra historia.

No me gusta entrar a Vallecas y no ver los puestos de bufandas y, como dirían en Cádiz, “pasaratos”. No me gusta llegar al campo dos horas antes y encontrar mil huecos al lado del estadio para aparcar. No me gusta prescindir de los gritos y risas que llegan desde los bares y terrazas. No me gusta que la cerveza haya sido sustituida por el vacío. No me gusta que los autocares de los equipos aparquen en la puerta de vestuarios en un ambiente en el que se oyen hasta las toses. No me gusta extrañar las charlas y previas en Payaso Fofó con conocidos a los que solo veías gracias al fútbol.

“Hoy entráis por la puerta 14”. Venga, vamos para allá. El cerebro mastica una paradoja dolorosa. El privilegio de hacer radio desde la cabina 18, de contarle a la gente lo que no puede ver en directo y solo un reducido grupo de personas puede observar in situ, enfrentado a la dañina convicción de que el fútbol así es una mierda. En esta vida lo que no posee alma, aunque estéticamente sea hermoso, siempre será incompleto. Entramos, todos en grupo. Controles de temperatura y desinfección de los equipos técnicos. Ya nos hemos acostumbrado, pero no, esto no me gusta.

No me gusta no sentir el berrido de Vallekanfield cuando marca el Rayo. No me gusta que no reciten los onces por los viejos altavoces del estadio. No me gusta añorar a esas caras conocidas que llevamos viendo cerca de las cabinas desde hace que nuestras vidas eran distintas. No me gusta no ver la calva y el puro de mi abuelo favorito. No me gusta intentar adivinar el contenido de los debates que unas filas más abajo protagonizan potenciales entrenadores y directores deportivos. No me gusta que hayan desaparecidos los uys. Y los ays. Y los aplausos. Y los pitos. Y las manos en la cabeza. Y los puños al cielo. Y las mutaciones de sonrisa a cabreo en cuestión de segundos. Qué sería de este maravilloso deporte sin su envoltorio.

Final del partido. El Rayo ha culminado la remontada a dos minutos del 90. Hacía 8 años que no arrancaba la Liga ganando sus dos primeros combates. Charlo un rato con mi socio Granado y salimos juntos. En la calle compartimos deseos sobre un futuro mejor. Camino hacia el coche con el consuelo de que quizá estas dos horas de fútbol hayan aliviado a seres humanos que lo están pasando mal por culpa del dichoso coronavirus.

El silencio del santuario del fútbol de barrio es aterrador

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